martes, 2 de agosto de 2011

El papa, un visitante molesto

Este mes de agosto vamos a sufrir en Madrid la visita de Joseph Ratzinger, más conocido desde su nombramiento como papa Benedicto XVI. Con un poco de suerte, yo no estaré por aquí esos días, pero no deja de desagradarme la visita de este "representante" de la iglesia.

Respeto profundamente a la iglesia católica, igual que hago con los judíos, los musulmanes y todos los que me respeten a mí del mismo modo que yo a ellos. Además, por las circunstancias concretas de este país, fui bautizado como católico y he recibido una formación en la que a menudo se ha colado la moral cristiana, que tiene mucho de bueno.

El problema llega cuando las cabezas visibles de esta iglesia, echando por tierra el trabajo de tantos creyentes y tanta gente que trabaja en su nombre para ayudar a los demás, se empeña en dirigir no solo los pensamientos y acciones de sus miembros, que lo son de manera voluntaria, sino de los que aun habiendo sido bautizados no nos sentimos parte de ella y, más grave aún, de todos los que viven en alguno de los países que esta religión considera suyos por tradición o por contar con una mayoría de practicantes.

No tolero que el papa venga a mi ciudad a decirme si puedo usar un condón, con quién me puedo casar, si me puedo divorciar ni los hijos que tengo que tener, y mucho menos acepto que proteja a la mayor piara de pederastas que ha conocido la historia de la humanidad, encabezados por el fundador de los legionarios de Cristo, Marcial Maciel, amigo personal y consentido de Juan Pablo II, ese papa al que todos creíamos tan bueno y al que su sucesor se empeña aún en hacer santo.

Cuando el papa deje de decirme lo que puedo o no puedo hacer con mi vida, yo callaré lo que pienso sobre el machismo que impide el ordenamiento de mujeres para el sacerdocio, o lo beneficioso que sería adoptar la opción del matrimonio para los curas, con un celibato voluntario para quien lo elija. Entonces yo mismo le daré la bienvenida cuando venga a Madrid. De momento, le ruego que se quede en el Vaticano y no venga a molestar. Y si puede llevarse a Rouco con él, muchos se lo agradeceremos.

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